Sé que soy plasta. Que este tema ya lo traté hace unos días en un post antes de las elecciones. Pero me veo obligado a insistir. Ayer 21 N, circuló como la pólvora por Internet una gráfica con el título "Así quedaría el Parlamento si todos los votos valieran lo mismo". El panorama que presentaba este cálculo, claro está, no tiene nada que ver con el que de hecho ha tenido lugar: el PP no tendría mayoría absoluta ni de lejos, el PSOE bajaría más de lo que lo ha hecho, IU se plantaría con 25 diputados, entrarían en el Congreso fuerzas como EQUO, PACMA... Sin embargo, no me cansaré de decirlo, esta distribución no es realista, precisamente porque no contempla los efectos psicológicos del sistema.
Una mecánica electoral como la nuestra da a los partidos mayoritarios una ventaja adicional (además de todas las que ya disfrutan como su omnipresencia mediática) porque, al penalizar la desconcentración del voto, induce a los potenciales votantes de opciones minoritarias a redirigir su voto hacia uno de los grandes para evitar que se pierda. En un sistema más proporcional, esta presión invisible no existiría por lo tanto cabe presumir que los partidos minoritarios habrían experimentado un crecimiento en votos aún mayor. Muy probablemente muchos votantes de izquierda que el 20N introdujeron la papeleta del PSOE con la nariz tapada por eso de evitar la mayoría absoluta de Rajoy, habrían optado por otras fuerzas, como IU, EQUO, Anticapitalistas... O sea que si el PSOE, con esta ley electoral que le beneficia en sus aspectos mecánicos y en los psicológicos, se ha pegado el batacazo de su vida, con una ley más proporcional habría sufrido un verdadero armagedón. Y, posiblemente, IU no tendría 25 escaños sino bastantes más.
Todo esto son conjeturas, claro está, porque nadie está en la cabeza de todos los votantes para saber qué harían si la cosa fuese de otra forma. Y es que lo peor de un sistema aquejado de desproporcionalidad como el nuestro no es tanto la distorsión que introduce a la hora de reflejar los votos en escaños. Lo peor, como decía, es que no nos permite conocer la verdadera pluralidad que posee nuestra propia sociedad. Dificulta y deforma la contemplación de nuestra realidad sociológica. ¿Cómo se expresarían los ciudadanos si pudieran hacerlo con total libertad, según su conciencia o sus ideas y sin la presión de un sistema que les empuja hacia un determitado comportamiento electoral? Es algo que no sabremos del todo hasta que no cambie el sistema. Así que, hala, a cambiarlo, malandrines.
Salud a todos.





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