Uno de estos días publicarán en el portal Rebelión un artículo que me pidieron sobre la OEX. Tendrían que haberlo publicado ya pero supongo que como tienen mucho material, lo tienen que dosificar jornada a jornada. Así que, aunque no creo que tarde mucho en salir, y para evitar el riesgo de que el texto "se pase de moda", lo subo aquí. Que os sea leve.
La
OEX en una larga incertidumbre. A mediados de septiembre saltaron
todas las alarmas en el mundo de la cultura en Extremadura cuando el
Consejero de Economía y Hacienda de esta comunidad se descolgó con
unas declaraciones en las que afirmaba, refiriéndose a la Orquesta
de Extremadura (OEX), que “no merecía la pena que se mantuviera”.
Aparte de ciertos comentarios sobre la nacionalidad de algunos de los
componentes de la OEX que no viene al caso recordar siquiera, el
Consejero llegó a argumentar que prefería que se “resintiese el
oído” del público extremeño a que “150 familias de parados no
pudieran seguir adelante” (pasó por alto el detalle de que los 65
trabajadores de la OEX y sus familias también tenemos ese vicio de
comer a diario). Lo cierto es que, aunque estas palabras precipitaron
los acontecimientos, los trabajadores de la OEX, a través de
nuestros representantes, llevábamos ya tiempo reuniéndonos con
todos los actores implicados en nuestro futuro para tratar de
agilizar el proceso encaminado a cerrar la temporada de conciertos
2011-2012, que a esas alturas aún no había sido aprobada (las
temporadas de las orquestas sinfónicas se desarrollan en el periodo
que va de septiembre a julio y los abonos suelen salir a la venta
antes del verano). Pocos días antes de las citadas declaraciones, la
Consejería de la que dependemos aprobó que se pusieran en marcha
los conciertos de abono (que no son la única actividad de la OEX)
pero sólo hasta el 31 de diciembre del presente año. Después de
esa fecha, nada más que un abismo de incertidumbre para trabajadores
y público. En tal situación los trabajadores emprendimos una labor
reivindicativa a base de conciertos (organizados por nosotros
mismos), recogida de firmas... Recibimos miles de apoyos, entre ellos
el del público extremeño que acudió masivamente a nuestras
actuaciones, y los de renombradas personalidades del mundo de la
cultura de dentro y fuera de España. Tras el revuelo mediático, el
Gobierno moderó considerablemente su discurso y pasó de hablar de
la OEX como algo “prescindible” a invocar la creación de “un
nuevo modelo de orquesta”. Sin embargo, mientras escribo estas
líneas (11-11-2011) apenas nada se sabe aún de este enigmático
“nuevo modelo”, el gerente aún no ha sido sustituido (a pesar de
no aparecer desde hace meses) y todavía no hay vía libre siquiera
para empezar a organizar la temporada de conciertos más allá del 31
de diciembre.
El
Gobierno de Extremadura siempre ha apuntado dos aspectos para
justificar tal demora: una gestión deficiente en el periodo anterior
y el desconocimiento de las cuentas. En cuanto a lo primero, no nos
dicen nada nuevo: los trabajadores llevamos años denunciándolo a
través de nuestros representantes, a pesar de múltiples presiones.
Es más, siempre hemos sido partidarios de que, si se llegase a
detectar algún tipo de irregularidad, se depuren las
responsabilidades de quien corresponda. Hágase lo que sea pero, por
favor, ¡hágase ya! Y, ojo, afínese la puntería, no vaya a ser
que, como en un modelo a escala de la situación de la economía
mundial, los desmanes de los de arriba los paguen los trabajadores,
que por lo demás nunca dejaron de cumplir su función. En cuanto al
segundo aspecto, el desconocimiento de las cuentas, admitamos que,
después de tantos meses tras el cambio de gobierno, ésta es una
excusa que hace tiempo que dejó de ser creíble. La Administración
conoce la situación y sabe de sobra que, a pesar de las dificultades
y de las deudas que aquejan a la Orquesta, éstas no son tan graves
como para, por sí solas, poner en jaque su continuidad. Y saben
también que ésta es perfectamente posible respetando su actual
plantilla (por lo demás bastante exigua si la comparamos con otras
formaciones de este tipo) y manteniendo su actividad normal, aunque
haya que introducir nuevos criterios referentes a programación,
artistas invitados, promoción, generación de ingresos, difusión....
Criterios que, por cierto, los trabajadores llevamos mucho tiempo
reivindicando ante todos los responsables con los que nos hemos
reunido.
Así
las cosas, muchos se preguntan el porqué de esta parálisis que está
generando no pocos problemas. Por una parte, sin un responsable con
facultades legales para programar y organizar, la Orquesta funciona a
día de hoy a medio gas, ciñéndose a las actuaciones de abono en
las principales ciudades (durante estos meses no se están ofreciendo
conciertos didácticos para los colegios de la región, “conciertos
de localidades”, actuaciones extraordinarias...). El tiempo corre
en nuestra contra ya que, como es fácil de entender, la organización
de la programación que la Orquesta habría de desarrollar desde el 1
de Enero no es algo que se pueda pergeñar de la noche a la mañana,
por lo que podría estar poniéndose en peligro nuestra actividad
para un futuro próximo. Por otro lado, esta larga incertidumbre
genera gran desconfianza entre los trabajadores que no pueden dejar
de preguntarse si el Gobierno, a sabiendas del apoyo público que ha
demostrado tener la OEX, no estará guardando en la manga algún as
envenenado para sacarlo a la mesa después del 20N, cuando un pequeño
alboroto en los medios ya no pueda causar demasiado daño.
Más allá de todas estas razonables inquietudes particulares en torno al caso de la OEX, me gustaría desde aquí hacer hincapié en algunas consideraciones de más largo aliento. La estrategia de presentar un instrumento público de transmisión de la cultura como un lujo innecesario podría estar reflejando, desafortunadamente, el sentir no sólo de un sector de la clase política sino de una parte de la sociedad. Tercia pues preguntarse cómo hemos llegado en España a este punto en el que la propia existencia de instituciones culturales que son de todos puede ponerse en duda públicamente sin causar rubor, como ya está ocurriendo en distintos lugares. Permítanme unas reflexiones en torno a cuatro puntos que, creo, podrían tener relación con todo esto.
Más allá de todas estas razonables inquietudes particulares en torno al caso de la OEX, me gustaría desde aquí hacer hincapié en algunas consideraciones de más largo aliento. La estrategia de presentar un instrumento público de transmisión de la cultura como un lujo innecesario podría estar reflejando, desafortunadamente, el sentir no sólo de un sector de la clase política sino de una parte de la sociedad. Tercia pues preguntarse cómo hemos llegado en España a este punto en el que la propia existencia de instituciones culturales que son de todos puede ponerse en duda públicamente sin causar rubor, como ya está ocurriendo en distintos lugares. Permítanme unas reflexiones en torno a cuatro puntos que, creo, podrían tener relación con todo esto.
1-
La falsa imagen de los músicos: entre diletantes y elitistas. A
pesar de ciertos avances en los últimos años, para nuestra
desgracia, el imaginario de una buena parte de la sociedad sigue
deambulando, en lo referente a los músicos clásicos, entre
dos preconcepciones opuestas, pero igualmente erróneas: por un lado,
la idea de que esto de tocar un instrumento es poco más que un
hobbie no remunerado para los ratos libres; y, por el otro,
esa falsa percepción según la cual unos tipos que se suben a un
escenario a hacer música sublime, elegantemente disfrazados de
pingüinos, a buen seguro perciben unos emolumentos tan elevados como
los sentimientos que sus interpretaciones hacen aflorar en su
audiencia (baste apuntar para desmentir esto que la mayoría de los
músicos de la OEX, por volver al ejemplo cercano, percibimos menos
de 1500 euros al mes con los que sufragamos además nuestros
instrumentos y su mantenimiento, el vestuario de conciertos...). Para
muchos aún somos o bien simples diletantes, o bien miembros de una
supuesta élite privilegiada. Sinceramente no sé cuál de las dos
categorías se aleja más de la realidad...
2.
Un gremio disperso y desigual. Las políticas culturales en este
país y nuestro atraso histórico en este campo tienen mucha culpa de
esta imagen que acabo de describir, cierto. Pero admitamos también
que los propios músicos a estas alturas de la película no hemos
sido capaces de dignificar nuestra profesión. Se me ocurren varias
razones. Las acciones conjuntas de los trabajadores de la música en
defensa de sus derechos (dejando de lado honrosísimas excepciones)
han resultado escasas, como un fiel reflejo del individualismo del
que tradicionalmente adolece nuestro gremio. Pensemos que la
Asociación de Músicos Profesionales de Orquestas Sinfónicas
(AMPOS) es una recién nacida en el panorama español. Puede que en
ello haya influido también que, entre nosotros, algunos hayan
acabado creyéndose el estereotipo fabricado en torno a la figura del
músico y hayan llegado a considerarse a sí mismos como miembros de
una suerte de aristocracia intelectual que los situaría por encima
de la realidad del resto de trabajadores, no tanto por razón del
tamaño de sus jornales, como por la propia naturaleza excelsa de la
materia prima con la que los músicos operamos.
Esta
falta de organización y solidaridad puede ser una de las razones
(una de tantas, claro) por las cuales el gremio de la música clásica
ha sufrido durante las últimas décadas un extraordinario aumento de
las desigualdades salariales entre el pequeñísimo grupo que se
asienta en las altas esferas y la gran mayoría de los profesionales.
Y es que por debajo de los abultados cachés de muchos directores y
solistas, de los intercambios de favores entre los titulares de
distintas orquestas sinfónicas y de las cuantiosas comisiones que se
embolsan las agencias de representación, existe un pobladísimo
mundo de trabajadores en las orquestas que realizan su labor por
sueldos muy modestos y no siempre en las condiciones idóneas1.
Si descendemos un peldaño más en la pirámide encontraremos a miles
de profesionales (la mayoría de ellos perteneciente a la joven
generación de músicos mejor preparada de la historia de nuestro
país) que se patean la geografía de orquesta en orquesta trabajando
con contratos semanales, que se dedican a la docencia en escuelas de
música muchas veces en condiciones de extrema precariedad, o que han
de contentarse con ganarse malamente la vida ejerciendo de becarios
sempiternos.
3.
El peligro de los dilemas tramposos. En estos tiempos de crisis y
ajuste convendría que anduviéramos atentos a argumentos como los
que se invocaron hace unos meses en torno a aquello de las “150
familias de parados” y que, siendo ya frecuentes en todas partes,
podrían acentuarse tras el 20 N, independientemente del resultado
electoral, cuando los dirigentes políticos no se sientan
constreñidos en sus discursos por la proximidad de una cita con las
urnas. Me refiero a ese tipo de dilemas planteados en términos del
tipo: “¿Qué preferís cultura o comer a diario?, ¿arte o
sanidad?, ¿Beethoven o habichuelas?” Se nos ofrece un número
limitado de opciones posibles con el fin de infundir una falsa
sensación de libertad de elección, mientras se nos escamotean
deliberadamente otras muchas. Si un tipo te para por la calle, te
apunta con un arma y te hace elegir entre “la bolsa o la vida”,
evidentemente no te está brindando que digamos un espacio de
libertad. Son emboscadas dialécticas peligrosas (a la par que
bastante cutres) que tratan de situarnos en un marco limitado en el
que obligatoriamente tienes que renunciar a un derecho que te
pertenece. No se trata de una elección libre, sino simplemente de un
atraco perpetrado con tono paternalista. Ante estos dilemas cabría
responder con otros, quizás igual de simplificadores pero, eso sí,
mucho más ajustados a la realidad. Y es que un planteamiento honesto
no debería remitir a disyuntivas como las que apunté antes
(¿Beethoven o habichuelas?), sino a otras del estilo: “¿sanidad
pública o rescatar a bancos usureros?”, “¿cultura o seguir
permitiendo un sistema fiscal regresivo y que los grandes capitales
desvíen miles de millones hacia paraísos fiscales?” o “¿Beethoven
o continuar pagando unos intereses de la deuda pública
artificialmente elevados a golpe de maniobra especulativa?”.
4.
La cultura como un derecho ciudadano. Para
que alguien pueda cuestionarse la continuidad de instituciones
culturales como la OEX, antes se ha tenido que producir una
degeneración del propio concepto de cultura. Es la
consideración de la cultura como un simple espectáculo de
entretenimiento vacío o, todo lo más, como propaganda al servicio
de un pagador público o privado, la que degrada su significado
profundo y posibilita que haya quien pueda tachar sus más dignas
manifestaciones de superfluas y prescindibles. Esta noción barata
del término en cuestión mucho le debe a esa tendencia contemporánea
según la cual cualquier cosa bajo el sol, incluido el propio hecho
cultural, debe regirse por concepciones de tipo mercantil (“Todo en
el Mercado, todo por el Mercado, nada fuera del Mercado, nada contra
el Mercado”. La célebre sentencia de Mussolini cobra hoy,
tristemente, renovado vigor con sólo sustituir la palabra “Estado”
por el nombre de la deidad más venerada actualmente). La cultura que
“pega fuerte” es aquella que se consume, se gasta y se reemplaza
rápido por un nuevo producto: fácil absorción, fácil digestión y
fácil defecación. El problema es que las grandes obras del
pensamiento humano, como las del arte, no fueron concebidas para este
modelo. Las sinfonías de Brahms o las de Shostakovich no se ajustan
al patrón porque no se gastan, sino que se renuevan con cada
interpretación.
En
definitiva, los trabajadores de la cultura y los ciudadanos en
general deberíamos estar vigilantes frente a estos intentos de
degradación, que sólo se evitarán si logramos elevar la Cultura,
ahora sí con mayúscula, al lugar del que nunca debieron bajarla,
que es donde la sitúa la Declaración Universal de los Derechos
Humanos. La Cultura, según este planteamiento, se aleja de la
distracción fútil para convertirse en un derecho al servicio de los
ciudadanos y de los pueblos. Y el respeto que una sociedad profesa
por sus propias manifestaciones culturales es algo que dice mucho
sobre su madurez. Después de tantos años, tal vez, también desde
esta “tierra de conquistadores” (¡funesta denominación!),
deberíamos volver la cabeza hacia América Latina donde, sobre todo
en lo referente a la música sinfónica, parece que han entendido
estas cuestiones mucho antes que nosotros...
1Para
profundizar en estos asuntos recomiendo el libro ¿Quién mató a
la música clásica? escrito por el prestigioso crítico
británico Norman Lebrecht quien, por cierto, se hizo eco de la
situación de la OEX y mostró su apoyo desde su sitio web en Arts
Journal.





4 comentarios:
interesantísima reflexión, pero me pregunto si el mundo de la música clásica en años anteriores no se ha disfrazado del elitismo o diletantismo del que hablas, y ahora les pasa factura.
Un saludo!!
El mundo de la música clásica en españa (nuestro país tendrá que trabajar duro para volver a ganarse el poder escribir su nombre empezando con mayúscula) ha sido y aún es (en mi opinión) en cierto modo elitista pero, más que por culpa de los propios músicos, por culpa de:
1.- El Estado/Ministerios de "lo-que-sea"/Salas de conciertos (que no se ha molestado en popularizarlo. Joder! En los países donde la agenda de conciertos se compone básicamente de LO-MEJOR-DE-LO-MEJOR hay siempre entradas baratas e incluso gratis para estudiantes y gente que no puede pagar entre 70 y 140 € por un concierto!).
2.- Los medios: Fútbol-Fútbol-Fútbol-Fútbol-Fútbol-Cotilleos-Cotilleos-Cotilleos-Cotilleos-Cotilleos-Mierda-Mierda-Mierda-Mierda-Mierda-Mierda...
3.- El propio "español medio", al que se la suda no tener dinero para un conci...qué? pero cuidado con tocarle las vacaciones o no dejarle "chanchullear" y/o "chupar del bote", y además está encantado con lo que le ofrecen los medios (apartado 2.-) probablemente porque los señores del apartado 1.- están encantados con que la mayoría de los españoles no sólo sean ignorantes sino que se enorgullezcan de ello y ridiculicen al que no lo sea...
4.- 5.- 6.- ... Podéis ir añadiendo otras causas si queréis.
:-(
Ferguson.
En la mañana de hoy en mi mente no se dejan de agolpar pensamientos,de todo lo que nos va a venir. La sensacion de desolacion que sentí cuando salí del último concierto de la OEX en Mérida.La música nace con el hombre y como dice el Quijote " si hay música no puede haber nada malo".
Estoy de acuerdo que la música clasica se utilizaba como señal de distincion sólo par oidos finos y educados, evidentementos los benfecidos por Dios y la patria,pero voy a contar una historia:
Mi madre y mi padre sin formacion, porque la dictadura se las robó tenían por norma que a la s 4 de la tarde en mi casa, en RNE, se escuchaba Clasicos Polulares, presentado por Fernando Argenta y Araceli Gonzalez,mis pades me decían: este programa mejor que un concierto, aquí nos explican las obras. Ahora la OEX nos trae música para todos, por 5 o 7 €, pero es mejor ir a Madrid que por 60€ o más se ver un partidazo o ir a D. Benito a la fabulosa plaza de toros,¡Eso si que es cultura popular, de la que atrofia a la mente entretiene y no te deja sitio para pensar! EN ESTE PAIS ES LO QUE SE NECESITA,LO PIDIERON MÁS DE 10 MILLONES DE PERSONAS ANOCHE, PERO ESTAMOS LOS QUE NO QUERMOS ESO QUE SOMOS MÁS.
excelente reflexión...pero entre todos debemos realizar un esfuerzo descomunal de imaginación para hacer entender el valor enorme de la cultura y de la música a un país devastado por la zafiedad y el entretenimiento más burdo. No será fácil.
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