En estos días previos a la cita con las urnas, mucha gente habla de cómo funciona nuestro sistema electoral. La mayoría lo hacen desde una perspectiva crítica (¡para qué van a hablar de un sistema injusto aquéllos que se benefician de él!) y destacan que favorece la desproporcionalidad, entendiéndose esta, como decía Lijphart de forma muy facilita, como “la desviación entre el porcentaje de escaños y el de votos obtenidos”.
Aunque muchos culpan de esta desproporcionalidad a la famosa fórmula d´Hont empleada para traducir los votos a escaños, que efectivamente favorece a los grandes partidos (ojo, me estoy refiriendo todo el tiempo al Congreso de los Diputados, porque las reglas para determinar la composición del Senado son distintas y propician aún más la tendencia bipartidista), hay otros elementos que también influyen lo suyo en la cuestión: el tamaño de la Cámara, el porcentaje mínimo para obtener representación y el número de escaños por circunscripción electoral. En cuanto a lo primero, como es fácil de entender, a mayor número de escaños más fiel es la traducción de votos a diputados (un ejemplo extremo: una asamblea 100% proporcional sería aquélla que tuviera tantos diputados como habitantes en un país). Teniendo en cuenta esto y que en España el Congreso es relativamente reducido, conviene que andemos con mucho ojo ante los que proponen reducir a 300 en número de diputados como medida de ahorro porque lo que están buscando (¡qué jodíos!) es una hegemonía aún mayor de los partidos mayoritarios. En cuanto al umbral mínimo para tener representación, realmente sólo afecta a las provincias más pobladas (si el censo no ha variado mucho desde los anteriores comicios, sólo a Madrid y Barcelona) porque en el resto la barrera de facto es mucho mayor. ¿Por qué? Pues por el último elemento que apuntaba antes: la magnitud de la circunscripción. En la gran mayoría de provincias se eligen muy pocos diputados por lo que para obtener uno solo es necesario tener un porcentaje muy alto de votos (máxime si contamos con la “ayudita” del amigo d´Hont que pone las cosas todavía más chungas a los pequeños). Aquí está la madre del cordero para los partidos modestos de implantación nacional porque en cada provincia que no llegan al mínimo “pierden” un montón de votos que no obtienen representación. Y unos cuantos miles de aquí, otros cuantos de allí... pues eso: un sistema que da la espalda a cientos de miles de ciudadanos. Luego viene el círculo vicioso: los partidos grandes obtienen más escaños, por lo que también reciben más visibilidad en los medios y más dinero del Estado, por lo que les es más fácil darse a conocer para que los vote más gente...
Todo esto que estoy comentando se
llaman efectos mecánicos del sistema electoral, en definitiva los
que se derivan de las formulillas, las circunscripciones... Sin
embargo también existen los que Duverger llamaba los efectos
psicológicos de cada sistema. Los ciudadanos no votan a ciegas, sino
que lo hacen con cierta estrategia conociendo, por lo menos de forma
aproximada, las reglas del juego a las que se enfrentan. Y aunque es
cierto que un mismo modelo electoral puede dar resultados distintos
según las circunstancias, cada diseño propicia unas
tendencias u otras. Por ejemplo, en un sistema como el nuestro muchas
personas cuyas preferencias apuntan a un partido pequeño acaban
optando por el que le parece menos malo de los grandes, pensando que
su primera opción lo tendrá muy difícil para sacar escaño en su
distrito electoral. El conocer realmente el número de votantes que
actúan así es prácticamente imposible. Son habituales sentencias
como ésta: “con un sistema electoral proporcional IU habría
obtenido 14 escaños en 2008”. Sin embargo esto no es del todo cierto porque
obvia los efectos psicológicos del sistema. Probablemente con un
sistema más proporcional IU habría obtenido bastante más de 14
diputados, porque no se puede saber cuántos de los que votaron, por
ejemplo, al PSOE se habrían decantado por IU de no haber tenido la sensación de que su voto se iba a desperdiciar. En cierto modo, podría
ser que los partidos minoritarios lo fueran en buena parte por culpa
de esta especie de profecía autocumplida: si mucha gente no los vota
por pensar que no obtendrán escaño al ser minoritarios, se
convierten en minoritarios.
Por otra parte (¡oh paradoja!) según
las encuestas, en muchas provincias españolas, para los próximos
comicios los escaños que están bailando en los márgenes de error
de las estadísticas, los disputa el PP con la tercera fuerza, en la
mayoría de los casos IU. ¿Por qué? Pues porque esta formación
está en muchos sitios muy cerca de lograr un escaño más y necesita
muy pocos votos extra para entrar en el reparto. Por lo tanto,
las personas que en estas circunscripciones, simpatizando con IU,
votaran al PSOE para “parar al PP” no le estarían dando un
escaño más al PSOE, sino que se lo estarían quitando a IU (que no
llegaría al mínimo), haciendo que lo obtuviera el PP (esto se
explica muy gráficamente en un vídeo elaborado para las anteriores
elecciones por IU que pongo abajo).
Luego hay que tener en cuenta algo: el
hecho de que un partido minoritario no alcance representación en una
provincia no quiere decir que sus votos en ésta se vayan por el
váter. Aunque no logre un escaño en una circunscripción, todos
los votos que obtenga en España contribuyen a lograr el 5% exigido
para que un partido tenga grupo parlamentario propio, lo que le
ofrece más tiempo de intervención en los debates, la posibilidad de
presentar por su cuenta mociones o iniciativas... Si un partido no
llega a este 5% nacional de votos (o a un 15% en las provincias en
las que se presente si son sólo unas pocas) pasa a formar parte del
grupo mixto, que por su habitual heterogeneidad, suele ser
inoperante.
Por tanto mi consejo es: si decides
votar, vota al partido que te dicta esa pequeña voz que susurra
desde el interior de tus gónadas. Primero porque el “voto útil”
suele resultar en un tiro por la culata, de una forma u otra.
Segundo porque tu voto sirve para que tu opción logre grupo
parlamentario. Y sobre todo, porque aunque de aquí a las próximas
elecciones lo vamos a tener ya un poco crudo para cambiar la mecánica
de este sistema electoral, no sabes cuánta gente votaría lo mismo
que tú de no tener miedito a que su voto no valga para nada. Es el
mencionado efecto psicológico del que no conocemos su verdadera
magnitud (¿y si fuera enorme?), pero que sí se puede cambiar,
porque depende de las decisiones de cada persona. Así pues, una
parte de la injusticia del sistema está en tu mente. Y si quieres
puedes evitarla.
Salud a todos






2 comentarios:
Muy buena entrada, putridiense, no pasa día en que no nos demos cuenta de los engaños a los que estamos sometidos todos los días. Como dice mi buen paisano Beppe Grillo "Ellos no van a rendirse (pero ¿les conviene?). Nosotros tampoco"
Una entrada muy gráfica y clara, Despotrikator. Está cada vez más claro que con la ley electoral y el voto útil pretenden engañarnos como a chinos condicionando nuestras decisiones. Pero como bien dices, siempre hay pequeños resquicios para cambiar las cosas y el 20N todos tenemos ocasión de demostrarlo.
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