Sólo un poco freakys

lunes 18 de julio de 2011

Hace ya casi tres años mi padre y yo escribimos un artículo que se publicó en algunos medios digitales titulado Crimen sin castigo. Gestación y crisis del capitalismo contemporáneo. En el texto, tras un somero repaso a la historia económica reciente, concluíamos que de resultas de la globalización y de la desregulación de las finanzas se había producido una “una auténtica toma del poder político mundial por parte de los grandes intereses financieros”, bendecida con la “aquiescencia (...) de las autoridades mundiales, desde los gobiernos hasta organizaciones internacionales como el FMI o el Banco Mundial.”

Decíamos también que durante años se ha fraguado una “suerte de despotismo ilustrado contemporáneo que ha puesto en manos de tecnócratas supuestamente apolíticos numerosas decisiones que debían haber permanecido en instancias con legitimidad democrática”. “Demasiadas cuestiones han quedado fuera del control de los ciudadanos”, denunciábamos. Según nuestra visión, el principal inconveniente de haber cedido la gestión de los asuntos de todos a una reducida élite durante tanto tiempo, ha sido que ésta ha acabado pariendo un sistema hecho a medida sus intereses. Un sistema que ha colapsado. Con lo que el problema hoy es económico, sí, pero tiene una raíz política diáfana. Nuestro razonamiento era sencillo: si la debacle económica ha ocurrido en gran parte porque se ha despojado a los ciudadanos de su soberanía en numerosos asuntos, la solución tiene que pasar necesariamente por devolvérsela. Por ello realizábamos un “un llamamiento a la movilización desde abajo a partir de una perspectiva democrática radical en la que deben tomar partido tanto ciudadanos de forma independiente (trabajadores, intelectuales, estudiantes…), como movimientos sociales y políticos, organizaciones no gubernamentales, asociaciones de diversa índole y por supuesto unos sindicatos que llevan ya demasiado tiempo aceptando sumisamente un sistema impuesto verticalmente”.

Después de todo lo ocurrido desde entonces (quiebras, rescates, la especulación los bonos de deuda pública, el 15 M...) tenemos varios amigos que dicen que mi padre y yo fuimos un poco gurús con estas y otras consideraciones. Yo siempre les respondo que, aunque las conclusiones del artículo son nuestras, en cierto modo son consecuencia lógica de nuestra afición por autores de los que no salen por la tele. Así que de gurús tenemos poco, la verdad; en todo caso se diría que somos un poquillo freakys. Lo digo porque hasta hace nada había que ser un freaky de estas cosas para leer un artículo de un economista crítico, de esos que advertían ya hace muchos años de los peligros de los flujos de capital especulativo en aumento. Esto es así más que nada porque durante casi veinte años los únicas opiniones que tenían cabida en los grandes medios eran las que respondían a la estricta lógica neoliberal de moda. La misma lógica aplicada por las Organizaciones Internacionales y por los gobiernos (incluidos los nominalmente socialdemócratas) y aplaudida por tertulianos y expertos de periódicos y televisiones. En pocas décadas consiguieron hacer que una ideología al servicio de intereses muy específicos pasara por ciencia incontrovertible. Esa fue la gran victoria del pensamiento único. 

Pero, como sabemos, un día vino la gran crisis de ese sistema que, según la ortodoxia, no podía fallar. Y entonces la ortodoxia se puso en duda. Y los que mandan se salieron de ella haciendo que el Estado interviniera en la economía... pero sólo el tiempo necesario para rescatar a los bancos con los millones de los ciudadanos. Así prepararon la nueva burbuja: la de la deuda soberana de los países. Que favorece mucho, por cierto, a la misma élite beneficiada por las anteriores burbujas y que está propiciando una nueva ola de planes de ajustes al más puro estilo Doctrina del Shock, de los que también sacarán provecho a los mismos de siempre, claro está. 

La diferencia ahora es que, de un tiempo a esta parte, con todo este cambio y recambio de máscaras, cada vez hay más gente que se percata de la verdadera faz de los enmascarados. Gracias a esto y a que en Internet se puede acceder a una mayor pluralidad de visiones, hoy en día es un poco más difícil engañar por completo a la plebe. Y, como las cosas han caído por su propio peso, a los medios de masas no les ha quedado más remedio que sacar en sus programas (muy de vez en cuando y de forma discretísima, eso sí) alguna voz a contracorriente. El otro día sin ir más lejos, un joven economista crítico al que suelo seguir, Alberto Garzón, participó en la mesa de 59 segundos. ¡Para hacer una raya en la pared!. 

A día de hoy sólo hay que estar un poco atentos para ver lo que ocurre realmente porque los ataques de las élites a las mayorías son más indisimulados. Además a estas alturas de la película se pilla antes a camuflados y vendedores de humo porque resulta más sencillo distinguir la distancia entre su retórica y su praxis. Así que, ya sabemos, todo quisqui al quite que si no nos la meten doblada... una vez más.

Salud a todos.

PD. El freakysmo no decae así que hace un par de semanas me apunté a un interesante un curso virtual gratuito de economía heterodoxa que organiza entre otros el citado A. Garzón desde altereconomía.org. Si os chana os podéis inscribir aquí.

1 comentarios:

Anónimo dijo...

Totalmente de acuerdo con todo lo que dices..menos en una cosa: aunque no quieras reconocerlo eres un poco brujo jajaja. Espero que muchas de las cosas que baticinas (y aun no has publicado) no se cumplan, porque entonces estamos jodidos.

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