Fin de semana en Salamanca

jueves 7 de julio de 2011

El fin de semana pasado estuvimos en Salamanca a echarle una mano con una mudanza a mi cuñaílla. También tuvimos tiempo para pasear por la ciudad y respirar un poco ese ambiente que me gusta tanto. En la foto de arriba, un servidor junto a la estatua de Rafael Farina, un gran cantaor nacido en un pesebre en el seno de una humilde familia gitana, que aprendió a leer ya de adulto y que nunca perdió la humildad. Un hombre al que no le costaba reconocer el mérito de quienes, decía (erróneamente a mi entender), que cantaban mucho mejor que él y que era muy reticente a eso del playback, que por entonces empezaba a ponerse de moda, porque le parecía engañar a la gente. Llamadme viejuno pero, con el plantel de cantamañanas de medio pelo que recorren hoy los platós y el papel cuché con aires de artístas inmortales, ¿acaso no es lícita un poco de nostalgia de figuras como la de Farina?

A pocos metros del monumento a Farina, se encuentra el Palacio de Congresos donde visitamos una exposición muy interesante llamada "Leonardo da Vinci : el inventor" con numerosas reproducciones de los diseños de ingeniería que este genio del Renacimiento dibujó detalladamente en sus numerosos pliegos. Heme aquí junto al mecanismo de un ascensor. Y más abajo, un automóvil con sistema de marchas y todo.

Y como no podía ser de otra forma, también hubo tiempo para tapeo y cañeteo. Aquí, con mis fermosas acompañantes en el mejor antro cutre de ambiente universitario de Salamanca ¡Encantadoramente pútrido!





1 comentarios:

Carlos Mingo dijo...

La genuidad sobre los escenarios hace unas cuantas décadas que se perdió. La saturación que provocó la cantidad de programas nocturnos dirigidos a un público mediocre y conducido por Ramón García y sucedáneos no fue sino el preludio de lo inevitable e imparable: OT. Esto ya fue el Hiroshima de la industria musical. Escupieron hacia arriba y les cayó todo en la cara.
Hay cosas que no se han podido destruir aun en el mundo de la música y el flamenco es de las pocas cosas puras que aun perduran. Creo que esto sucede por ser un estilo muy minoritario a día de hoy. Aun me emociono al pensar en mi último concierto de flamenco, el año pasado, el grandísimo Enrique Morente… No hay mucha gente que se atreva a subir a un escenario y ponerse a cantar tan solo al son de palmas o de una única guitarra o de unos sencillos y leves golpes de cajón. Muy puro, muy de sentimiento.
Un abrazo!!!

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