- Publicaba Víctor Casco en su blog hace unos días un post sobre un libro de Michel Onfray titulado "La comunidad filosófica: un manifiesto por una Universidad popular" en el que el filósofo francés recoge una crítica a los sistemas educativos actuales y expone sus propuestas pedagógicas. Según he leído en un extracto del libro que Víctor cuelga en su entrada, Onfray se pregunta por qué los niños pierden con la edad esa "sublime propensión" a "preguntar de manera natural". Para el autor, su capacidad de cuestionar las cosas es paulatinamente "asesinada": "la familia y la escuela, doblemente cómplices en este asesinato, hacen lo necesario para impedir, decepcionar, prohibir esta actitud interrogante y reemplazarla, ya sea por una simple y llana renuncia apática, ya sea por cebarlos con respuestas a preguntas que ellos no hacen" Así "el filósofo muere y adviene el adulto". En la escuela, afirma Onfray, no se intenta buscar "la inteligencia, sino la memoria, no una cultura socrática de la pregunta, sino una costumbre escolar de la respuesta."
- Todo esto me ha traído muchos recuerdos a la cabeza de mis años de colegial. En mi escuela, regida por una suerte de gerontocracia casposa y rancia, no estaba muy bien visto que los niños pusiéramos en práctica una costumbre que a mí me enseñaron en mi casa de pequeño: la de expresar -con cierta corrección, eso sí- las propias opiniones y reservas en relación a cualquier tema. Pero claro, a algunos de aquellos maestros no les hacía ninguna gracia que un crío de diez años levantara la mano en medio de su "master class" y cuestionara algo que no acababa de cuadrarle. La base de esa mentalidad apestosa era que los niños tenían que aceptar lo que dijera cualquier adulto -y más un profesor- como un dogma de fe por el mero hecho de tener unos cuantos años menos. El que no observaba esta norma al pie de la letra solía recibir el calificativo de "contestón" (¡ni sé la de veces que me llamaron así!)
- En mi caso, algunas veces las disensiones iban dirigidas a cuestiones propias de la materia de la asignatura -reconozco que a veces era un poco tocapelotas en esto- pero en otras se trataba de discrepancias con respecto a las opiniones personales de algún que otro profesor que, crecido ante una audiencia forzosa de preadolescentes, desplegara sus dotes de tertuliano frustrado de la COPE (recuerdo a uno que dedicaba sus clases a despotricar del entonces presidente de la Generalitat, Jordi Pujol, al que solía referirse como "el sapo de las Ramblas").
- Gracias a Dios mi escuela contaba con algunos grandes educadores que sabían bien cómo extirpar de los jovenzuelos esa insana manía de "contestar". Cuando alguno se ponía un poco más pesado de la cuenta y consumía los escasos minutos de paciencia que el maestro en cuestión estuviera dispuesto a emplear para enderezar con argumentos el torcido criterio del contestón, rápidamente se abría el camino para las técnicas pedagógicas más avanzadas. Unas veces la cosa se zanjaba con un tajante "¡mira, ya está bien, esto es así porque sí y punto!" y otras se solucionaba echando mano del eficaz "¡se acabó, mañana me traes una redacción de dos páginas con tu opinión sobre el tema y punto!" (lo del "¡y punto!" hacía furor como veis) No hace falta un vasto conocimiento sobre el condicionamiento pavloviano para darse cuenta de que después de pasar un par de tardes sin salir a la calle escribiendo estas redacciones, a cualquiera se le quitaban las ganas de abrir la bocaza en clase más.
- A día de hoy, tras cientos de horas de vida perdidas escuchando chorradas en clases inútiles o en ensayos de orquesta improductivos he acabado entendiendo que debatir con determinadas personas resulta tan constructivo como tratar de enseñarle a hablar a una gallina. No es que haya perdido el espíritu crítico (o eso creo), simplemente ahora lo reservo para cuando merece la pena. Sea como sea, siempre me quedará despotricar en este blog, ¿no?
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