lunes 20 de julio de 2009

Amaestrar contestones

  • Publicaba Víctor Casco en su blog hace unos días un post sobre un libro de Michel Onfray titulado "La comunidad filosófica: un manifiesto por una Universidad popular" en el que el filósofo francés recoge una crítica a los sistemas educativos actuales y expone sus propuestas pedagógicas. Según he leído en un extracto del libro que Víctor cuelga en su entrada, Onfray se pregunta por qué los niños pierden con la edad esa "sublime propensión" a "preguntar de manera natural". Para el autor, su capacidad de cuestionar las cosas es paulatinamente "asesinada": "la familia y la escuela, doblemente cómplices en este asesinato, hacen lo necesario para impedir, decepcionar, prohibir esta actitud interrogante y reemplazarla, ya sea por una simple y llana renuncia apática, ya sea por cebarlos con respuestas a preguntas que ellos no hacen" Así "el filósofo muere y adviene el adulto". En la escuela, afirma Onfray, no se intenta buscar "la inteligencia, sino la memoria, no una cultura socrática de la pregunta, sino una costumbre escolar de la respuesta."
  • Todo esto me ha traído muchos recuerdos a la cabeza de mis años de colegial. En mi escuela, regida por una suerte de gerontocracia casposa y rancia, no estaba muy bien visto que los niños pusiéramos en práctica una costumbre que a mí me enseñaron en mi casa de pequeño: la de expresar -con cierta corrección, eso sí- las propias opiniones y reservas en relación a cualquier tema. Pero claro, a algunos de aquellos maestros no les hacía ninguna gracia que un crío de diez años levantara la mano en medio de su "master class" y cuestionara algo que no acababa de cuadrarle. La base de esa mentalidad apestosa era que los niños tenían que aceptar lo que dijera cualquier adulto -y más un profesor- como un dogma de fe por el mero hecho de tener unos cuantos años menos. El que no observaba esta norma al pie de la letra solía recibir el calificativo de "contestón" (¡ni sé la de veces que me llamaron así!)
  • En mi caso, algunas veces las disensiones iban dirigidas a cuestiones propias de la materia de la asignatura -reconozco que a veces era un poco tocapelotas en esto- pero en otras se trataba de discrepancias con respecto a las opiniones personales de algún que otro profesor que, crecido ante una audiencia forzosa de preadolescentes, desplegara sus dotes de tertuliano frustrado de la COPE (recuerdo a uno que dedicaba sus clases a despotricar del entonces presidente de la Generalitat, Jordi Pujol, al que solía referirse como "el sapo de las Ramblas").
  • Gracias a Dios mi escuela contaba con algunos grandes educadores que sabían bien cómo extirpar de los jovenzuelos esa insana manía de "contestar". Cuando alguno se ponía un poco más pesado de la cuenta y consumía los escasos minutos de paciencia que el maestro en cuestión estuviera dispuesto a emplear para enderezar con argumentos el torcido criterio del contestón, rápidamente se abría el camino para las técnicas pedagógicas más avanzadas. Unas veces la cosa se zanjaba con un tajante "¡mira, ya está bien, esto es así porque sí y punto!" y otras se solucionaba echando mano del eficaz "¡se acabó, mañana me traes una redacción de dos páginas con tu opinión sobre el tema y punto!" (lo del "¡y punto!" hacía furor como veis) No hace falta un vasto conocimiento sobre el condicionamiento pavloviano para darse cuenta de que después de pasar un par de tardes sin salir a la calle escribiendo estas redacciones, a cualquiera se le quitaban las ganas de abrir la bocaza en clase más.
  • A día de hoy, tras cientos de horas de vida perdidas escuchando chorradas en clases inútiles o en ensayos de orquesta improductivos he acabado entendiendo que debatir con determinadas personas resulta tan constructivo como tratar de enseñarle a hablar a una gallina. No es que haya perdido el espíritu crítico (o eso creo), simplemente ahora lo reservo para cuando merece la pena. Sea como sea, siempre me quedará despotricar en este blog, ¿no?

jueves 16 de julio de 2009

La doble moral de los medios

  • Los lectores habituales de ese blog saben que me suele interesar bastante la cuestión de la pluralidad informativa (ver aquí otro post del tema). Saben también que siempre he mantenido la tesis de que en el caso de los medios (bueno, está claro que no sólo en este caso) el que paga manda. Es decir que ningún periódico ni ninguna televisión suele hablar en contra de los intereses de los grupos empresariales que los sustentan o de los de las grandes compañías con las que mantienen contratos publicitarios. No creo, por poner un ejemplo reciente, que en Cuatro o El País vayan a emitir una opinión, no digo ya favorable, sino por lo menos mínimamente imparcial, sobre el gobierno boliviano que recientemente, según leí en Diagonal, ha acabado con el monopolio que mantenía la editorial Santillana (propiedad de PRISA, igual que los dos medios que he mencionado) en la venta de libros de texto para los escolares del país andino. Lo que nos lleva a una de las constantes del panorama informativo español: la demonización sistemática de determinados líderes cuyas políticas no han favorecido a las empresas de las que nuestros medios se sustentan, bien a través de conexión directa de los grupos mediáticos a los que pertenecen (como el caso que acabo de mencionar de Santillana-PRISA), bien por la vía de la publicidad. Los casos de Evo Morales o de Hugo Chávez son por supuesto paradigmáticos en este sentido.
  • Sin embargo, aunque es raro a veces se encuentran artículos disonantes. Y por ello os propongo este artículo que en sí mismo constituye una excepción a la uniformidad informativa cuyo autor se encarga de denunciar. Se titula La doble moral de los medios y lo firma el catedrático de Ciencias Políticas Vicenç Navarro.
  • P.D. Este artículo que recomiendo aparece en el diario Público. Esta mañana he escrito un comentario en la sección habilitada a tal efecto apuntando cómo la publicidad en los medios limita su imparcialidad y planteando el tema del monopolio de Santillana en Bolivia. El comentario no ha durado ni diez minutos. Público lo ha censurado fulminantemente. ¡Lo que son las cosas! ¡Esto sí que es rizar el rizo! En un artículo que denuncia la falta de pluralidad en los medios y que se erige como una digna excepción al consenso generalizado, censuran un comentario que intenta llegar un pelín más allá en la crítica a la falta de pluralidad. He aquí la doble moral de un medio que se jacta de denunciar la doble moral de los medios. ¡Dios, cómo me jode tanta hipocresía!

martes 7 de julio de 2009

Malas notcias para la SGAE, buenas para el resto del mundo.

  • El intento de criminalización de los usuarios de las redes P2P (Emule, Ares...) parece que empieza a convertirse en uno de esos lugares comunes por los que una y otra vez deambulan tantos y tantos sacerdotes de esa grimosa religión que hoy llamamos "lo políticamente correcto". Por contraste, las leyes españolas determinan que el intercambio de archivos no es delito siempre que no exista ánimo de lucro. Es decir, es legal subir o bajar una canción, una película o lo que sea siempre y cuando no cobres por ello, igual que es legal prestarle un libro a un amigo. Sin embargo, el bombardeo propagandístico al que estamos sometidos está haciendo que esto que es tan obvio empiece a no parecerlo. Supongo que se trata de preparar a la opinión pública para el día en el que a algún ministro (o ministra) iluminado se le ocurra proponer una modificación legislativa y hacer que la cosa cambie.
  • Por eso me resulta tan gratificante que ocurran cosas como el auto de un juez de Barcelona que ha rechazado la petición de la SGAE de cerrar la web El rincón de Jesús. Aunque el juicio aún no se ha celebrado, el asunto pinta bien si atendemos a las palabras del juez que recuerda que "Las redes P2P, como meras redes de transmisión de datos entre usuarios de Internet no vulnera, en principio, derecho alguno protegido por la Ley de Propiedad Intelectual". (Ver la noticia aquí).
  • Esperemos que la cosas sigan por este camino y no prosperen, como en Francia, leyes que convierten en delito lo que hoy es un derecho.

sábado 4 de julio de 2009

Las insólitas consecuencias de un pacto entre caballeros

  • Antes de entrar en la materia de esta entrada, me disculparé por mi prolongada ausencia. Por unas subidas de tensión eléctrica en mi casa, se me han quemado varios cacharros y llevo más de una semana sin ordenador ni Internet. Ahora estoy unos días en casa de mis padres y aprovecho para contaros como va mi vida. El lunes volveré la Pútrida a trabajar y a seguir reclamando que me paguen lo que me han roto antes de que empiece a plantearme seriamente la opción terrorista. Os dejo una más de mis historias.
  • Las noches de juerga, alcohol y testosterona, moderadamente frecuentes años atrás y más bien escasas en la época de la vida en la que me hallo, tienen en ocasiones efectos del todo imprevisibles. En medio de la euforia uno puede llegar a hacer o decir cosas que en situación de sobriedad ni se le pasarían por la cabeza. Dos hombres en este estado de exaltación, poniendo las gónadas propias como bandera y como garantía de la palabra dada, pueden incluso alcanzar extremos insospechados y, por ejempo, adquirir el compromiso de acudir juntos a ver y a escuchar a uno de los grandes símbolos de la canción española del último franquismo en un espectáculo de nombre tan original como sobrecogedor: De Manolo a Escobar.


  • Por supuesto, cuando pasan el paroxismo y la posterior resaca, uno se cuestiona la validez de un contrato suscrito en semejantes condiciones pero, tras una reflexión en profundidad, se acaba imponiendo el peso de un axioma cuya vigencia permanece intacta pese al paso de los siglos: "Un pacto entre caballeros se cumple sí o sí"


  • Así las cosas, al cabo de los días el amigo Ilde y yo nos encontrábamos allí sentados en nuestras respectivas butacas del teatro, rodeados de lo más granado del facherío y la caspa local, con una sonrisa de oreja a oreja impacientes por presenciar el esperado evento.


  • En la función participaban tres personas. Por un lado estaba un pianista calvo y encorvado con los cuatro pelos que le quedaban en el cogote atados con una ridícula coletita engominada. Por otro un tío gordo, sentado la mayor parte del tiempo sobre el piano como una morsa a la orilla del océano, hacía las veces de narrador histriónico y mariposón (por decirlo suavemente, porque lo cierto es que a su lado Boris Izaguirre en sus momentos estelares podría pasar por un modelo de mesura y sobriedad). Y finalmente, ante el micrófono, Manolo. El espectáculo recorría a través de sus canciones inmortales los momentos relevantes de la vida del hombre, Manolo, y del artista, Escobar (si os estáis descojonando por el topicazo, no os culpo)

  • Pero lo mejor del espectáculo no fueron temazos como Mi carro, La minifalda o Moderno pero español, sino la parafernalia que los rodeaba. Hubo varios momentos estelares. Uno de ellos fue cuando el narrador contó que lo más importante en un artista como el allí presente no es la voz, sino el gesto, del que surge ésta. Así que se pusieron a dar un repaso por las posturitas típicas de Manolo Escobar con explicación de sus respectivos significados: "este gesto apela a lo más alto, lo místico, es el gesto de España, del fútbol..."; o "este otro se identifica con los sentimientos, con el amor, con la familia" ("también con las más modernas, que también tienen derecho" según el propio protagonista en un desternillante intento de actualización anti-caspa a la desesperada)

  • Hubo también instantes cargados de emotividad que hicieron las delicias del respetable como cuando Manolo se acercó a uno de extremos del escenario y, como si nadie le viera y nadie le oyera por del micro de la solapa, aclaró su aterciopelada voz echando un peazo gargajazo ("¡jjjah!, ¡zzzuup!") por detrás de una de las cortinas laterales.

  • Aunque yo creo que lo mejor de todo fue un público entregado y sin ningún complejo de expresar a voces sus pensamientos y sentires más profundos en medio del chou. "¡¡Llévame a vivir contigo Manolo!!" o, dirigiéndose al narrador en medio de una perorata, "¡¡¡Cállate ya la puta boca y déjale cantar, coño!!!" fueron algunas de las más expresivas muestras del acogedor ambiente que se respiraba.
  • Así que queridos amigos ojo con lo que hacéis y decís en medio de la confusión, que la noche la carga el diablo y podéis acabar como muestra este espeluznante documento gráfico de aquí abajo.