martes 31 de marzo de 2009

Creencias y debates (2ª parte). Religión y evolución.

La pregunta a la que me refería en la anterior entrada, ¿Necesitamos los seres humanos creer en algo superior?, podría interpretarse desde un punto de vista actual, en cuyo caso responderíamos que no todas las personas tienen esa necesidad, habida cuenta de la existencia de ateos y agnósticos. Sin embargo, la cuestión se complica si la abordamos en clave evolutiva. Muchos científicos, desde el campo de lo que Edward Wilson llamó la Sociobiología, afirman que los comportamientos sociales, incluso los culturales, poseen un origen biológico. Es decir que en un momento de la evolución de la especie aquellos individuos que genéticamente estaban más dispuestos para un determinado comportamiento en sociedad sobrevivieron mejor que los que no lo estaban o lo estaban de otra forma.

¿Pero en qué pudo servir a nuestros antepasados del Paleolítico creer en entidades intangibles? Richard Dawkins, zoólogo, teórico evolucionista y ferviente ateo sostiene que la religión en sí no constituye una ventaja evolutiva sino que puede haber sido un resultado colateral de un comportamiento ventajoso. Dawkins argumenta en su artículo ¿Para qué sirve la religión? que en nuestra especie existe una ventaja selectiva en el cerebro de los niños para creer sin cuestionar lo que digan “sus padres y los ancianos de la tribu” y, por ejemplo, no bañarse en un río lleno de cocodrilos. Sin embargo, una consecuencia automática de esto -afirma Dawkins- es que "el que confía" no tiene forma de distinguir entre un buen consejo y uno malo, pudiendo asumir y trasmitir a sucesivas generaciones cualesquiera rumores o creencias. (Para ver el artículo de Dawkins al completo pinchad aquí)

Por su parte, un buen número de antropólogos sostienen que el origen de las religiones (nótese que no hablo directamente de la idea de “Dios” que es relativamente reciente en la historia de la Humanidad) puede encontrarse relacionado con los vínculos sociales que habrían contribuido a forjar las creencias comunes y la participación en ritos colectivos. Es decir, los individuos con tendencia a llevar a cabo rituales de algún tipo formaban tribus o clanes en cuyo seno se creaban fuertes lazos de unión, consolidando grupos más cohesionados, más organizados y por lo tanto más aptos frente a las inclemencias de la Naturaleza o frente a otros grupos rivales.

Yo, aunque esta última teoría me resulta muy factible, tengo mis propias presunciones que, no obstante, no son incompatibles con ella. Sé que quizás a alguien le pueda parecer una inmodestia y una temeridad que me permita establecer teorías sobre disciplinas en las que no soy ningún experto, pero diré en mi descargo que mi intención no va más allá de divertirme un rato especulando sobre estos temas (¡además, qué coño, yo no obligo a nadie a leer mis tonterías!).

Por una parte coincido con Dawkins en su concepción de que la religión puede ser un efecto colateral de otros comportamientos ventajosos evolutivamente, pero difiero en cuales son estos comportamientos. En mi opinión éstos podrían ser básicamente tres que se encuentran íntimamente relacionados: la curiosidad, el pensamiento estratégico y el pensamiento abstracto. El primero de ellos ha supuesto claramente una ayuda para la supervivencia y uno de los motores de la evolución de nuestro cerebro: el hombre posee una fuerte tendencia a hacerse preguntas sobre todo lo que le rodea y buscar soluciones a éstas, lo que le ha supuesto descubrir que afilando un palo se mata mejor un animal o que enterrando semillas en el suelo salen plantas con el paso del tiempo. Sin embargo existen cuestiones a las que los habitantes del Paleolítico no fueron capaces de encontrar una respuesta racional como por qué hay una época en la que hace frío y otra en la que salen las flores o por qué se muere la gente. Sin embargo el cerebro de aquellos homínidos les impulsaba a aquello a lo que estaban preparados por la selección natural, a buscar respuestas que aún no estaban en condición de obtener, recurriendo pues a explicaciones míticas.

Por otra parte, otro de los atributos de los primeros humanos era un cerebro capaz de pensar de forma estratégica: poder prever los movimientos de un gran mamífero ante un ataque resulta de mucha ayuda a la hora de organizar un grupo para darle caza. Sin embargo el hecho de pensar de esta forma (y siguiendo con el ejemplo) supone en cierto modo ponerte en el lugar del animal que esperas comerte para anticipar su reacción y por lo tanto, de forma indirecta, atribuirle una intencionalidad, una voluntad humana. No es de extrañar que muchas investigaciones actuales mantengan que los primeros vestigios de actividad religiosa en los hombres paleolíticos estén relacionadas con los animales, que serían vistos como entidades (númenes, que dirá Gustavo Bueno) que, no siendo humanas, eran consideradas como portadoras de voluntad y entendimiento. Y tampoco es descabellado que esta intencionalidad fuese atribuida también, por extensión, a fenómenos naturales como la lluvia o el crecimiento de los frutos en los árboles.

Pero si hay algo que distingue al hombre del resto de los animales es el pensamiento abstracto elaborado sin el cual no sería posible el lenguaje. Esta capacidad nos permite hacer referencia a una persona sin que esté delante, hablar sobre el mar aunque nunca lo hayamos visto o elucubrar sobre cosas que pasaron hace millones de años tal y como estoy yo haciendo ahora mismo. Pero también puede haber inducido tanto al hombre prehistórico como a nosotros mismos, a especular que las respuestas que nuestra natural curiosidad no es capaz de ofrecernos se encuentran en entidades trascendentes o, ¿por qué no?, en una inteligencia rectora.

¿Quiero con ello decir que yo niego categóricamente la existencia de ese “algo superior” al que me refería por considerarlo una simple invención? Para saberlo tendréis que esperar a la siguiente entrega de esta saga de rollos sobre religión. CONTINUARÁ…

miércoles 25 de marzo de 2009

Creencias y debates

Hace unos días me encontré con una de esas raras excepciones que me hacen disipar momentáneamente la inquina hacia los responsables de la programación de las televisiones. Fue en el Canal Extremadura, sorprendentemente la misma cadena que patrocina bodrios putrefactos del tipo Objetivo Karaoke o La Tarde de Extremadura, trasuntos baratos (¡más todavía!) a escala regional de otros productos ya de por sí apestosos de las televisiones nacionales. Sin embargo en el programa Ecos de la semana pasada hubo un debate interesante, de esos en los que los intervinientes plantean defienden sus posiciones de forma razonada y con argumentos fundamentados (ya sé que esto suena a perogrollada al referirnos a un debate pero es que, teniendo en cuenta lo degradado que se encuentra este género en este país en los últimos años, conviene señalarlo). Su título era “Creencias: entre lo divino y lo humano” y participaron en él Jesús Sánchez Adalid, sacerdote y escritor; Víctor Manuel Casco Ruiz, ateo y apóstata; Jorge Farfán Cabrera, pastor evangélico; y Juan Pedro Viñuela Rodríguez, profesor de Filosofía y Ética.

Siempre he creído que existe una razón por la que este tipo de debates de cierta calidad han ido cediendo terreno en las televisiones -de hecho han cedido hasta el nombre: “debates”- en beneficio de gallineros de cantamañanas y pedorras (tertulianos profesionales se les llama). La razón es que un debate serio se retroalimenta, es decir genera debate y hace pensar, actividad muy mal vista en estos tiempos.

A mí personalmente el del otro día me hizo darle vueltas a bastantes asuntos de los que allí se trataron. Pondré un ejemplo, pero antes avisaré: al que no le interesen mis psiconanismos (vamos, mis pajas mentales) que deje de leer ya. Resulta que a la pregunta de la presentadora “¿Necesitamos (los seres humanos) creer en algo superior?” tanto Sánchez Adalid como Jorge Farfán, ambos hombres religiosos, respondieron afirmativamente. Por su parte Víctor Casco, desde su ateísmo, argumentó que la de Dios no es sino una necesidad artificial inculcada desde la niñez. Primero pensé, “claro, cada uno en su posición, todo lógico.” ¿O no…? Quizás no sea tan lógico que dos sacerdotes, uno católico y otro evangélico, adoptaran esta postura, porque ¿qué favor le hace la afirmación de que el hombre necesita a Dios a la posición de los que defienden la existencia de éste? Más tarde me acordé de algo que leí en un libro con el que estoy liado estos días titulado “Ciencia vs. Religión. El falso debate” del paleontólogo Stephen Jay Gould. Se trata de una anécdota sobre T. H. Huxley, biólogo británico del siglo XIX defensor de las teorías darwinistas, que perdió a su hijo Noel de tres años de edad víctima de una fulminante enfermedad. Al parecer Huxley, a pesar de sus públicas diferencias con los sectores eclesiásticos más dogmáticos, mantenía una estrecha amistad con Charles Kingsley, pastor liberal y también partidario de la teoría de la evolución, pero que, claro está, veía tras ésta la mano conductora de Dios. Kingsley, tras conocer la muerte del primogénito de Huxley, le envío una carta en la que trataba de inducirle a examinar sus convicciones agnósticas y a buscar consuelo en la doctrina cristiana de la inmortalidad del alma. Huxley respondió a su amigo mostrándole su agradecimiento pero haciéndole saber que, incluso en aquellos momentos de insoportable dolor, sus creencias permanecían intactas: “Mi querido KIngsley, no puedo agradecerle lo suficientemente, tanto en nombre de mi esposa como en el mío propio, su extensa y franca carta y toda la simpatía cordial que demuestra… Mis convicciones, positivas y negativas, sobre todos los asuntos de los que usted habla, han tenido un crecimiento prolongado y lento y están firmemente arraigadas. (…) He examinado las razones de mi creencia, y si tuviera que perder, uno tras otro y como castigo, esposa, hijo, nombre y fama, aun así no mentiría.”

Después de esta durísimo declaración de principios continúa más adelante (y para mí aquí es donde está la madre del cordero) con lo siguiente: “(…) Y tampoco me ayuda que se me diga que las aspiraciones de la humanidad (e incluso mis aspiraciones más elevadas) me llevan hacia la doctrina de la inmortalidad. Para empezar, lo dudo pero, aun en el caso de que así fuera ¿qué es esto sino, con buenas palabras, pedirme que crea una cosa porque me gusta?”. Sin querer entrar en un debate teológico de fondo, yo me pregunto si el hecho de que a lo largo de la Historia los humanos hayan recurrido a entidades superiores para disipar temores y aliviar dolores contribuye a argumentar la existencia de alguna o algunas de estas entidades o, por el contrario, habla en beneficio de la idea de que todas ellas no son sino útiles invenciones de los indefensos hombres…

PD. Este tema me mola, así que… CONTINUARÁ…

martes 24 de marzo de 2009

Algunos cambios

Si echáis de menos alguno de los vídeos que tenía colgados en la columna de la derecha, es que los he cambiado de lugar. Resulta que como tenía tantas cosas puestas en la portada del blog, tardaba mucho en cargar. Así que si queréis ver un vídeo de música de los que antes estaban ahí, tendréis que dirigiros a la sección Musiquismos que encontráis en el menú de arriba (en rojo) o a la de Recomendaciones-Vídeos.

Salud a todos.

sábado 21 de marzo de 2009

Bolonia

Aquí os enlazo un articulillo interesante sobre el Plan Bolonia del catedrático Francisco Fernández Buey: ¿De qué Plan Bolonia Hablamos?

jueves 12 de marzo de 2009

El salvador de la patria

Parece ser que la televisión pública de Venezuela se ha gastado un montón de pasta en una superproducción en forma de mini-serie con el objetivo de ensalzar la figura de Hugo Chávez. La trama del bodrio en cuestión transcurre en los días en los que se produjo el golpe de estado en Venezuela y cuenta cómo el heroico Jefe de Estado, gracias a su templanza y buen hacer consiguió, no sin dificultad y asumiendo responsablemente los riesgos que su posición exigía, restaurar el orden constitucional y salvar la democracia en su país. Además, para mayor gloria del personaje en cuestión, alguna que otra televisión privada ha tomado nota y no ha querido perder la oportunidad de lamer convenientemente un sabroso trasero de alta alcurnia y ha sacado otra mini-serie (es que por lo visto están de moda en todos sitios) sobre su fallido intento de asesinato, que se añade a los ya habituales “documentales” sobre la vida de este gran hombre que versan sobre asuntos tan trascendentes para su país como ¡el nacimiento de su nieta!

Pues bien, por si no os habéis percatado ya, os diré que todo esto es mentira, ninguna de estas cosas ha sucedido en Venezuela. Sin embargo, las líneas que acabáis de leer se vuelven ciertas tan sólo con cambiar la palabra “Venezuela” por “España” y sustituir “Hugo Chávez” por “Juan Carlos I de Borbón”. Y si mi engaño ha surtido efecto, por unos segundos os habréis convertido en observadores externos de una curiosa maniobra político-mediática y leeréis, pienso yo, con una perspectiva diferente este artículo titulado La continua promoción del rey que Vicenç Navarro publica hoy en el diario Público. Y ahora decidme: ¿qué pensáis de lo que ocurre en vuestro propio país?

lunes 9 de marzo de 2009

Lo estoy superando

La cosa va bien. Parece que empiezo a ganar terreno en mi personal lucha a muerte contra un implacabe enemigo: la procrastinación. Hoy, no sin un ímprobo esfuerzo y tras semanas (o meses ¿quién lo sabe?) de concienciación, he salido de mi casa con el objetivo de recorrer los escasos cien metros que la separan del gimnasio más cercano para apuntarme. A medida que iba acercándome, una pequeña voz interior me gritaba cada vez más claramente "¡no lo hagas, que en el sillón de casa se está de puta madre!". Al mismo tiempo, miles de posibles excusas para no seguir mi camino inundaban mi cabeza: "acabo de salir de un catarro, igual es mejor que me espere unos días..."; "qué buen tiempo hace, habría que estar tonto para meterse en un gimnasio a hacer ejercicio pudiendo ir a dar un paseo por el río"; "mejor me apunto mañana que hoy he comido sardinas y me repiten mucho, no vaya a ser que me siente mal el ejercicio"... Sin embargo he podido vencer a quien me doblegaba y cuando por fin he alcanzado la puerta del gimnasio, he tomado aire y he entrado. El primer paso ya está dado: pagar un montón de pasta por adelantado por tres meses de gimnasio con la esperanza que el dolor de bolsillo sea más grande que la puta procrastinación que padezco. El problema ahora puede ser otro: como también soy un obsesivo de nacimiento, lo mismo me vicio con lo del fitness y me vuelvo vigoréxico de mierda.