La pregunta a la que me refería en la anterior entrada, ¿Necesitamos los seres humanos creer en algo superior?, podría interpretarse desde un punto de vista actual, en cuyo caso responderíamos que no todas las personas tienen esa necesidad, habida cuenta de la existencia de ateos y agnósticos. Sin embargo, la cuestión se complica si la abordamos en clave evolutiva. Muchos científicos, desde el campo de lo que Edward Wilson llamó la Sociobiología, afirman que los comportamientos sociales, incluso los culturales, poseen un origen biológico. Es decir que en un momento de la evolución de la especie aquellos individuos que genéticamente estaban más dispuestos para un determinado comportamiento en sociedad sobrevivieron mejor que los que no lo estaban o lo estaban de otra forma.
¿Pero en qué pudo servir a nuestros antepasados del Paleolítico creer en entidades intangibles? Richard Dawkins, zoólogo, teórico evolucionista y ferviente ateo sostiene que la religión en sí no constituye una ventaja evolutiva sino que puede haber sido un resultado colateral de un comportamiento ventajoso. Dawkins argumenta en su artículo ¿Para qué sirve la religión? que en nuestra especie existe una ventaja selectiva en el cerebro de los niños para creer sin cuestionar lo que digan “sus padres y los ancianos de la tribu” y, por ejemplo, no bañarse en un río lleno de cocodrilos. Sin embargo, una consecuencia automática de esto -afirma Dawkins- es que "el que confía" no tiene forma de distinguir entre un buen consejo y uno malo, pudiendo asumir y trasmitir a sucesivas generaciones cualesquiera rumores o creencias. (Para ver el artículo de Dawkins al completo pinchad aquí)
Por su parte, un buen número de antropólogos sostienen que el origen de las religiones (nótese que no hablo directamente de la idea de “Dios” que es relativamente reciente en la historia de la Humanidad) puede encontrarse relacionado con los vínculos sociales que habrían contribuido a forjar las creencias comunes y la participación en ritos colectivos. Es decir, los individuos con tendencia a llevar a cabo rituales de algún tipo formaban tribus o clanes en cuyo seno se creaban fuertes lazos de unión, consolidando grupos más cohesionados, más organizados y por lo tanto más aptos frente a las inclemencias de la Naturaleza o frente a otros grupos rivales.
Yo, aunque esta última teoría me resulta muy factible, tengo mis propias presunciones que, no obstante, no son incompatibles con ella. Sé que quizás a alguien le pueda parecer una inmodestia y una temeridad que me permita establecer teorías sobre disciplinas en las que no soy ningún experto, pero diré en mi descargo que mi intención no va más allá de divertirme un rato especulando sobre estos temas (¡además, qué coño, yo no obligo a nadie a leer mis tonterías!).
Por una parte coincido con Dawkins en su concepción de que la religión puede ser un efecto colateral de otros comportamientos ventajosos evolutivamente, pero difiero en cuales son estos comportamientos. En mi opinión éstos podrían ser básicamente tres que se encuentran íntimamente relacionados: la curiosidad, el pensamiento estratégico y el pensamiento abstracto. El primero de ellos ha supuesto claramente una ayuda para la supervivencia y uno de los motores de la evolución de nuestro cerebro: el hombre posee una fuerte tendencia a hacerse preguntas sobre todo lo que le rodea y buscar soluciones a éstas, lo que le ha supuesto descubrir que afilando un palo se mata mejor un animal o que enterrando semillas en el suelo salen plantas con el paso del tiempo. Sin embargo existen cuestiones a las que los habitantes del Paleolítico no fueron capaces de encontrar una respuesta racional como por qué hay una época en la que hace frío y otra en la que salen las flores o por qué se muere la gente. Sin embargo el cerebro de aquellos homínidos les impulsaba a aquello a lo que estaban preparados por la selección natural, a buscar respuestas que aún no estaban en condición de obtener, recurriendo pues a explicaciones míticas.
Por otra parte, otro de los atributos de los primeros humanos era un cerebro capaz de pensar de forma estratégica: poder prever los movimientos de un gran mamífero ante un ataque resulta de mucha ayuda a la hora de organizar un grupo para darle caza. Sin embargo el hecho de pensar de esta forma (y siguiendo con el ejemplo) supone en cierto modo ponerte en el lugar del animal que esperas comerte para anticipar su reacción y por lo tanto, de forma indirecta, atribuirle una intencionalidad, una voluntad humana. No es de extrañar que muchas investigaciones actuales mantengan que los primeros vestigios de actividad religiosa en los hombres paleolíticos estén relacionadas con los animales, que serían vistos como entidades (númenes, que dirá Gustavo Bueno) que, no siendo humanas, eran consideradas como portadoras de voluntad y entendimiento. Y tampoco es descabellado que esta intencionalidad fuese atribuida también, por extensión, a fenómenos naturales como la lluvia o el crecimiento de los frutos en los árboles.
Pero si hay algo que distingue al hombre del resto de los animales es el pensamiento abstracto elaborado sin el cual no sería posible el lenguaje. Esta capacidad nos permite hacer referencia a una persona sin que esté delante, hablar sobre el mar aunque nunca lo hayamos visto o elucubrar sobre cosas que pasaron hace millones de años tal y como estoy yo haciendo ahora mismo. Pero también puede haber inducido tanto al hombre prehistórico como a nosotros mismos, a especular que las respuestas que nuestra natural curiosidad no es capaz de ofrecernos se encuentran en entidades trascendentes o, ¿por qué no?, en una inteligencia rectora.
¿Quiero con ello decir que yo niego categóricamente la existencia de ese “algo superior” al que me refería por considerarlo una simple invención? Para saberlo tendréis que esperar a la siguiente entrega de esta saga de rollos sobre religión. CONTINUARÁ…




