sábado 3 de octubre de 2009

Grandes citas

Aquel que entienda al babuino
contribuirá a la metafísica más que John Locke.

CHARLES DARWIN

miércoles 30 de septiembre de 2009

Breves y curiosas

Me contaba un colega de profesión natural de Almendralejo que un chico de su pueblo es uno de los participantes de Operación Triunfo. La madre del artista vende orgullosa todas las semanas en su puesto del mercadillo copias de su último single... piratas. A tres euros. En la cintura lleva dos riñoneras: una para los ingresos del puesto y otra para los del disco de su muchacho.

martes 22 de septiembre de 2009

De vuelta al tripalium


Dice un conocido aforismo que "el trabajo dignifica". Es ésta, de hecho, una idea muy difundida en la mayoría de las sociedades actuales. Merced al glorioso sueño-timo americano, pongamos un ejemplo, se nos plantea que cualquier hijo de vecino, por muy lerdo que sea, con trabajo duro y un poquito de suerte puede llegar a forrarse como Rockefeller. Para demostrarlo se enarbolan las figuras de algunos "hombres hechos a sí mismos" al estilo Bill Gates, soslayando el pequeño detalles de que estos individuos existen en una proporción insignificante, estadísticamente despreciable, si los comparamos con los millones de personas que se estrellaron en el intento o con aquellos a los que, simplemente, no les queda otra que romperse los cuernos por un salario de mierda.

Pero esto del "culto al trabajo" no es sólo cosa de capitalistas desaforados. En la época de Stalin se alzó a los más elevados altares -valga la ironía- a Alexei Stajanov como imagen de proletario modelo que trabajaba voluntariosamente hasta desfallecer en pos de la santa productividad (¡qué habría dicho Marx ante semejante perversión del concepto de "proletariado" que él ayudó a forjar!).

Pero esto no siempre fue así. La mitología griega -lo sabemos por los textos de Hesiodoto- presentaba los albores de la Humanidad como una serie de etapas en las que los dioses crearon sucesivas estirpes de hombres cada vez más degradadas. Cada una recibió en nombre de un metal según su grado de perfección. En la primera de estas Edades, la de oro, reinaba la paz y la felicidad y no existía el sufrimiento. Por supuesto en esta era, la considerada más perfecta, los hombres no tenían que trabajar.

Los mismos griegos establecían una distinción entre praxis (que abarcaba más o menos, aparte de "la participación en los asuntos de la polis", la práctica de la filosofía y lo que hoy llamaríamos el "ocio creativo") y la poiesis (el currelo de toda la vida, vamos). La primera era, según Aristóteles, propia de ciudadanos; la segunda, de siervos.

La tradición judeo-cristiana va más allá. Según el Génesis el trabajo no es otra cosa que el castigo de un Dios iracundo: "Ganarás el pan con el sudor de tu frente, hasta que vuelvas a la tierra de la que fuiste sacado".

Pero aún hay más. El propio término, "trabajar" o "trabajo", proviene de tripalium (tres palos): un bonito artilugio de tortura formado por tres estacas cruzadas donde se inmovilizaba a los reos mientras se les azotaba. De tripalium surgió el verbo tripaliare: literalmente, torturar. Y de éste, nuestro verbo trabajar.

Yo, que acabo de incorporarme al trabajo tras unas vacaciones de verano algo más largas de lo habitual, me siento mucho más cerca de estas antiguas concepciones que de las de soviéticos y yanquis. Como en otras ocasiones, en ningún lugar encuentro mejor reflejados mis sentimientos actuales que en la boca de este grupo de pensadores universales considerados como la síntesis de milenios de tradición filosófica occidental. Me quedo pues con estos magistrales y sofisticados versos en cuyo seno se encierra gran parte de esta inmensa sabiduría.

Disen que el trabajo es la felisidá: ¡po que viva la tristesa!
Disen que el trabajo es divino: ¡po que viva Satanás! (...)
Y es que la cosa está mu mala, que se muera el tío que inventó la pala.


MOJINOS ESCOCÍOS. No tienes huevos


martes 15 de septiembre de 2009

Creencias y debates (4ª parte) Razón y fe.

En anteriores capítulos:






En la anterior entrega de Creencias y debates escribía que, del mismo modo que nadie puede elegir creer que la Tierra es plana (ojo, no digo que no sea posible que alguien lo crea), no es posible elegir creer en el Dios cristiano, tal y como afirmaban hacerlo Jésús Sánchez Adalid en su artículo y Pascal en su famosa apuesta. Porque ser capaz de decidirlo, pienso, conlleva no creerlo profundamente. Ferguson objetaba en un comentario que el ejemplo de la Tierra plana y el del dios de Adalid no son equivalentes porque el primero supone negar algo consabido (la redondez de muestro planeta) y el segundo afirmar algo que simplemente no se sabe. Ferguson plantea pues dos posiciones equiparables -creer o no creer- ante las que sólo caben dos opciones: elegir una de ellas o declararse agnóstico. En estas líneas trataré de exponer mi postura al respecto. Pero antes de entrar en este terreno pantanoso, creo que habría que establecer ciertas premisas.

Fijemos el terreno que pisamos


Conviene primero fijar un marco común de discusión desde el punto de vista gnoseológico, saber el terreno que pisamos para aclararnos y no volvernos locos. ¿Qué entendemos por saber? ¿De qué podemos estar seguros? Yo establecería dos escenarios posibles:

1) Duda total. Habría que hacerse la clásica pregunta: ¿nos fiamos de lo que vemos, oímos y tocamos? Si nos ponemos a dudar de forma cartesiana de la validez de las impresiones que recibimos por los sentidos y de las estructuras mentales que fabricamos con ellas, podemos llegar a no estar seguros de la existencia de casi todo lo que nos rodea. No sabremos con seguridad si es cierto que la Tierra es redonda, si existe un libro llamado Biblia, si los resultados de una prueba científica son fiables, o si son reales el ordenador que tenemos delante, Chiquito de la Calzada o la gente que conocemos.... Podríamos estar, sin saberlo, metidos en la caverna platónica creyendo que lo único existente son las sombras de la pared del fondo o estar siendo utilizados como pilas humanas con los cerebros conectados a un programa de realidad virtual en plan Matrix.


Si seguimos dudando metódicamente, llegaremos al mismo punto que Derscartes y sólo podremos estar seguros de que existimos porque pensamos. Pero podríamos seguir cuestionando más allá y llegar a dudar de nuestra propia existencia. Es un camino sin fin. Si entramos en él lo mejor es que nos olvidemos de discutir sobre nada porque no podremos asegurar ni siquiera que tal discusión está siendo mantenida realmente.

En este escenario de duda total, tal vez podría llegar a estar de acuerdo en equiparar las dos posiciones: creer o no creer en dios. No cabría otra opción: ¿de qué te fiarías, de un libro sagrado o de las pruebas científicas? De ninguna porque no sabrías si alguna de las dos opciones existe. De hecho, en sentido estricto, como nada en el mundo habría seguro, nos convertiríamos en agnósticos de todo. Pero claro, existe otro marco posible:

2) Escepticismo razonable. Tampoco aquí podremos negar ni afirmar categóricamente la existencia de nada (no nos queda más remedio que dejar un pie en el anterior marco gnoseológico) pero sí que podremos hablar de probabilidades de existencia y de certezas razonables. En este contexto confiaremos más en aquellas tesis que aporten evidencias de su validez que en aquellas que simplemente se presenten como reveladas por un ser superior sin ningún tipo de prueba.

En el marco del escepticismo razonable entraría la ciencia. La ciencia además no habla en términos de creer o no creer (quizás deberíamos tomar nota de esto, yo el primero, para no caer en determinadas trampas conceptuales). No sé de ningún astrofísico que convoque una rueda de prensa para declarar solemnemente que cree (y mucho menos que ha elegido creer) en la teoría del multiuniverso. No tengo noticia tampoco de ninguno que proclame sin pruebas su negación categórica, tal y como hacen, por ejemplo, todas las religiones del mundo con todos los dioses del mundo menos con los propios. Los científicos, si existen indicios de la validez de una teoría como la citada, llevarán a cabo múltiples investigaciones que la confirmarán o desmentirán. En ciencia no se cree, se establecen hipótesis que luego se someten a procedimentos de verificación y refutacion para probar su consistencia.

La labor científica tampoco aspira, como las religiones, a obtener verdades absolutas e inmutables. De hecho los paradigmas cambian y hay teorías que se refuerzan con nuevas evidencias y otras que se abandonan y se sustituyen con otras. Es algo que forma parte de la esencia científica.


El escaqueo de la fe.

La fe, en cambio, funciona de otra manera. . . Como Ferguson apunta en su comentario, las religiones tienen "las espaldas bien cubiertas" con la mágica varita de la fe. Si mañana se descubrieran nuevos detalles del nacimiento del Universo, alguien todavía podría escaquearse diciendo que detrás de todo ello se esconde un creador invisible. Ahora bien, en este caso, en sentido estricto, hablaríamos de una religión parecida al deísmo de los ilustrados. Estaríamos ante una causa primera, una suerte de fuerza de la naturaleza generadora de todo lo que vemos hoy que no habría vuelto a intervenir después de ese momento inicial. Esta sustancia primera impersonal sería, como afirma el etólogo británico Richard Dawkins, simplemente "una hipótesis investigable" del mismo modo que la del multiuniuverso u otras muchas.

Pero, claro este no es el dios en el que cree Sánchez Adalid. El de los cristianos es un sistema complejo de creencias, con una historia, unos dogmas, unos preceptos concretos. Pero es que además este dios cristiano, entre miles de cosas más, creó el mundo en siete días, es omnisciente, perdona pecados por medio de unos señores de negro que se dicen célibes, resucita a los muertos, decide quién va al cielo y quién al infierno, convierte el agua en vino, predice el futuro, es omnipresente, preñó a una joven virgen sin tocarla ni un pelo y tiene una moral universal, absoluta e intemporal (pese a que en algunos pasajes de la Biblia predique el amor al prójimo y en otros se dedique a exterminar a casi toda la Humanidad con un diluvio). En otras palabras, es perfecto. De hecho si nos ponemos puntillosos con este precepto, bastaría con rebatir una sola de las verdades absolutas reveladas por Él, para demostrar que esa supuesta perfección no es tal, refutando de ese modo la propia naturaleza e incluso la existencia misma de este dios concebido a la manera de los cristianos. Pues vale: lo siento pero está suficientemente probado y apoyado por miles de evidencias (geológicas, biológicas, químicas, genéticas...) que la Tierra no se hizo en siete días, que el hombre no apareció de la noche a la mañana, que la mujer no salió de su costilla y que la increíble variedad de especies animales que pueblan el mundo (incluidas las más de 950.000 especies conocidas de insectos) no cabe en un barco de madera. Claro, ahora la Iglesia te dirá: "Esto... eh.. sí... es que... esto en realidad se trata de relatos metafóricos..." ¿Ah sí? Pero, espera, ¿no habéis estado quemando en la hoguera durante siglos a todo el que contradijera la literalidad de estos "relatos metafóricos"? "Huy, sí, pero... ¡Olvidemos el pasado y amémonos los unos a los otros! (y no dejéis de aflojar la pasta)". Yo no sé cómo le decís a esto en vuestro pueblo pero en el mío lo llamamos "apaño barato pero muy conveniente para seguir manteniendo el chiringuito".



Como se ve, si bien la fe no entra en el terreno de lo que he llamado (no sé si acertadamente) la duda total porque ofrece muchas certezas, tampoco encaja del todo en el segundo escenario que antes describí. Porque el escepticismo razonable se mueve, claro, en un contexto racional. Pero la fe, más que negar la razón, lo que hace es servirse de ella hasta que topa con sus dogmas. Me explicaré. En el anterior Creencias y debates decía que no es posible, como afirmaba Sánchez Adalid, elegir creer en el dios católico como no lo es elegir creer que la Tierra es plana. Ferguson objetaba que ambas cosas no son equiparables porque lo primero es indemostrable y lo segundo no. Pero la redondez de la Tierra es demostrable sólo si te sitúas en este escenario racional. Si tus dogmas establecen que la Tierra es plana, lo seguirás afirmando a pesar de las evidencias, como muchos católicos, especialmente de EEUU, siguen manteniendo que el Mundo tiene 6000 años y negando la tectónica de placas pese a las múltiples pruebas. Es decir, si sabes que la Tierra es redonda, no puedes elegir lo contrario y si lo niegas es porque te mueves en este magma pseudoracional que es la fe y, o bien estarás convencido de ello contra viento y marea (lo cual, por lo tanto, no sería una decisión), o bien te engañas como Pascal con su apuesta (ver Creencias y debates 3ª parte)

La tetera de Russell

Pero no sólo por todo lo dicho me parece que las opciones "creer" y "no creer" no son equiparables. La carga de la prueba, pienso yo, la tendrá el que afirma la existencia de algo. Si yo llego un día mi trabajo y declaro que soy la reencarnación de Nicolo Paganini, lo primero que me dirán será: "Demuéstralo: toca"



Dawkins, en su libro The God delusion (El espejismo de Dios, en la edición española) hecha mano de la parábola de la tetera celestial de Bertrand Russell para ilustrar lo que estoy sosteniendo. En palabras del propio Russell:

"Muchas personas ortodoxas hablan como si pensaran que es asunto de los escépticos refutar los dogmas recibidos en vez de que sean los dogmáticos quienes los prueben. Por supuesto, esto es un error. Si yo sugiriera que entre la Tierra y Marte hay una tetera de porcelana que gira alrededor del Sol en una órbita elíptica, nadie podría refutar mi aseveración, siempre que me cuidara de añadir que la tetera es demasiado pequeña como para ser vista aún por los telescopios más potentes. Pero si yo dijera que, puesto que mi aseveración no puede ser refutada, dudar de ella es de una presuntuosidad intolerable por parte de la razón humana, se pensaría con toda razón que estoy diciendo tonterías. Sin embargo, si la existencia de tal tetera se afirmara en libros antiguos, si se enseñara cada domingo como verdad sagrada, si se instalara en la mente de los niños en la escuela, la vacilación para creer en su existencia sería un signo de excentricidad, y quien dudara merecería la atención de un psiquiatra en un tiempo iluminado, o la del inquisidor en tiempos anteriores."

Pocos dudarían en afirmar que no creen en la tetera orbitante. Quizás a un número menor todavía se le ocurriría declarar su "agnogticismo" con respecto a ella. Como señala Dawkins, "estrictamente hablando, todos seríamos teteragnósticos: no podemos probar, seguro, que no hay una tetera celestial. En la práctica, nos movemos desde el teteragnosticismo hacia el teterateísmo". Del mismo modo, aunque no podamos negar categóricamente su existencia, seguramente tampoco nos declararíamos "agnósticos" con respecto a los unicornios, las hadas o el Ratoncito Pérez. También me parecería ridículo que alguien afirmara haber elegido creer en alguno de ellos...

Y es que si en el marco del pensamiento racional "no creer" no significa "negar categóricamente", en el de la fe, "creer" sí que quiere decir "afirmar absolutamente". Es más, ninguna de las grandes religiones admite medias tintas: si aceptas sólo la mitad de sus preceptos, te explicarán amablemente que tú no eres de su misma confesión o te quemarán en la hoguera por hereje, según el momento histórico. Y si la ciencia refuta con el tiempo gran parte de sus dogmas o bien se acogerán convenientemente al "apaño barato" del que antes hablaba, o bien negarán sistemáticamente la evidencia científica. En el primer caso hablaríamos de una vulgar tomadura de pelo y en el segundo de una forma irracional de conocimiento. Ahora nos tocará a nosotros decidir si reconocemos alguno de estas dos posiciones como base de un argumento serio. Yo, desde luego, lo tengo claro...









miércoles 9 de septiembre de 2009

Poco más que ladridos

El mundo está lleno de gilipollas. ¡Qué le vamos a hacer! Ya lo decía la canción: "Lo siento mucho, la vida es así, no la he inventado yo" (ni yo ni nadie, por cierto, pero eso es otra historia) En España, por ir a lo cercano, de gilipollas y chorizos varios estamos especialmente bien surtiditos No es ningún secreto, sólo hay que poner la tele diez minutos para darse cuenta de ello. Hay ocasiones en las que es sencillo entender las razones que inspiraban a cierto conocido mío, historiador de profesión, cuando decía aquello de que "en este país el problema es que se fusila poco".

Pero, vamos, que tampoco se puede uno amargar la vida por eso. Mucha veces veo a personas de mi entorno indignadas y ofendidas por las palabras, los desdenes o los gestos displicentes de algún que otro gilipollas de estos de los que estamos hablando. Yo casi siempre les doy un consejo de esos que son tan difíciles de aplicar en uno mismo. Les suelo decir: "Si no te sientes agraviado/a por los ladridos de un perro de la calle molesto por tu paso, ¿por qué habrías de hacerlo por las palabras de personas de una altura similar?". ¡Qué sencillo es decirlo! Si esto no funciona (cosa que ocurre las más de las veces), lo más sano suele ser despotricar un rato y luego no darle más vueltas al asunto.

Aunque supongo que lo ideal sería hacer caso de estas palabras de Séneca, que lo expresan mucho mejor que las mías:

"Aunque su indignación es resultado de una excesiva valoración de sí mismo, y parece generosa de ánimo, es insignificante y de miras estrechas, pues nadie es superior a aquél por el que se juzga despreciado. En cambio el espíritu superior, que se valora en lo que vale, no valora la ofensa porque no la siente como tal (...) Ninguna prueba de grandeza es más firme que el que no pueda suceder nada que te desasosiegue"

SÉNECA, Sobre la ira.

lunes 7 de septiembre de 2009

соединяйтесь!




Querridos camarradas:

El enemiga imperrialista ha descubierrta finalmente mi perrtenensia a la glorriosa agensia de segurridat KGB de nuestra amada Saviética Unión. Serré sometida a terribles tarturras perro, ¡no temáis!, jamás rievelarré los secrretas de nuestrra amada patria. ¡Da svidanya tovarishchi! y no olvidarr rregar vuestrras garrgantas rievolucionarrias con chorro de buena vodka antes de grritar:



Пролетарии всех стран, соединяйтесь!

(¡Proletarios de todos los países, uníos!)





jueves 3 de septiembre de 2009

Creencias y debates (3ª parte). Julio César, Pascal y un tío gordo.

He aquí una nueva entrega del ciclo "Creencias y debates" que hace tiempo que tenía abandonado. Para leer los anteriores capítulos pinchad en estos enlaces:


En la época de la Antigua Roma existía la figura del augur, que se dedicaba a leer los designios de los dioses en señales como el vuelo de los pájaros o el estado de las vísceras de los animales sacrificados. Los romanos otorgaban gran importancia a estos augurios que llegaban a determinar asuntos tan cruciales como la decisión de entrar o no en batalla, incluso contradiciendo la opinión de los generales expertos .

Una de esas señales divinas era el apetito de los pollos sagrados: si éstos se levantaban con hambre, se consideraba un auspicio favorable; al contrario era si se negaban a comer. Pues dicen que Julio César, haciendo gala de su proverbial pragmatismo, mandaba mezclar una buena ración de sabrosos y tiernos gusanos con el trigo de los pollos, para asegurarse de que se lanzaran al alimento con avidez. Curiosa manera de atender a las señales del más allá la de trucar el mecanismo que las proporciona.

Pero, ¿se engañaba a sí mismo Julio César o es que dudaba de la validez de los augurios y simplemente los contemplaba "por si acaso"? Si se trata de lo primero, sería una cosa así como si un tipo con obesidad mórbida y problemas de corazón, advertido por el doctor de que su única posibilidad de vivir unos años más es perder unos kilos, manipulara la báscula de su casa para poder continuar tranquilamente con su dieta a base de morcilla patatera, panceta y chorizo de cantimpalo.

Si se trata de la opción del "por si acaso", estaríamos ante algo parecido a la célebre apuesta de Pascal, que podríamos formular más o menos de la siguiente forma: vamos a creer en Dios, no vayamos a joderla y que luego exista y tengamos que pasarnos toda la eternidad chamuscándonos el culo en el Infierno. Pero esto no es más que imponerse una creencia. Ahora bien, ¿es eso posible?

Por su parte, el escritor y sacerdote católico extremeño Jesús Sánchez Adalid afirmaba lo siguiente en un artículo: "Mi confesión de Dios es una elección, un acto de libertad". ¿Cómo que una elección? No entiendo que este tipo de cosas se puedan elegir. Las creencias son tozudas, o se cree o no se cree, pero ¿qué es eso de que las personas "deciden creer"? ¿Alguien se imagina que se pueda elegir creer que la Tierra es plana? O levantarse una mañana , ponerse frente al espejo y decirse a uno mismo: "Hoy voy a decidir creer que soy Leonardo da Vinci" Por mucho que uno se esfuerce creer lo uno o lo otro le resultará imposible porque sabe que ninguna de las dos cosas son ciertas. En sentido contrario, aquellos que se declaran creyentes pienso yo que estarán seguros de aquello en lo que creen. No sospecharán que Dios existe, lo sabrán. Porque si crees que puedes elegir creer en algo, es que realmente no te lo crees ni tú mismo.

Hay pues una diferencia clave entre los auto-engaños de Julio César y de Pascal, por un lado (al fin y al cabo, si realmente se aplicaba el cuento de su apuesta, Pascal también se engañaba) y el del tío gordo, por el otro: este último no duda de la veracidad de los consejos de su doctor, en el fondo sabe que la ciencia médica está acertada; los otros dos, en cambio, en el fondo saben que sus creencias no lo están.

viernes 21 de agosto de 2009

Aquellos escozíos años

Hubo un periodo de tiempo (quizás demasiado largo), hace algunos años, en el que yo compaginaba el trabajo con los estudios. Es una época que conservo turbia en mi memoria, no tanto por lejana como por angustiosa; una época en la que ignoraba el significado de cosas tan sencillas como dormir ocho horas, tirarse a la bartola, salir de cañas los sábados, pasar un día de descanso...
Había una pregunta recurrente que me solía formular de vez en cuando algún conocido (normalmente no músico) sobre qué tipo de música escuchaba yo para relajarme entre tanto estrés. Imagino que esperarían una respuesta en plan "el adagietto de la quinta de Mahler" o algo así porque se sorprendían bastante cuando respondía que en mis escasísimos momentos de asueto optaba por los Mojinos Escozíos y cosas por el estilo. No creo que sea tam difícil comprender que después de pasar doce o catorce horas al día en contacto permanete (tocando, estudiando, analizando, ensayando, leyendo...) con la llamada "música culta" (no es que me entusiasme la denominación, pero se me entiende), lo último que le apetecía a uno era ponerse un disquito de sonatas de Beethoven o algo por el estilo. En esos momentos lo que me venía de perlas era un tratamiento de choque anti - estrés a base de ironía, irreverencia, una pizca de adrenalina y chorros de humor soez y no demasiado complicado. Todo ello me lo daban mis amados Mojinos.
Ahora que, como sabéis, ando estudiando los tremendos temarios de la UNED, he recuperado esta vieja costumbre. Viene mejor que una sesión de SPA y es más baratito. Probad, no os arrepentiréis.

Otra de las míticas:

Y para estos días de caló, no olvidéis la máxima de estos maestros: "si viene una ola de cáló, ...":

jueves 20 de agosto de 2009

Follow the leader

Como veis he habilitado aquí en la columna de la derecha una sección para que declaréis públicamente de una vez por todas que sois seguidores del único y verdadero Mesías que salvará a la Humanidad de la arrogancia, la insolencia y la impiedad. Ese ser de eterna humildad y modestia; excelso en toda su naturaleza inmaculada e infalible en todos sus juicios; esa estrella de guía que os llevará a todos a la plenitud y a un estado de éxtasis corporal, mental y espiritual; ése, vuestro amo y único líder, al que debéis donar todo vuestro amor y buena parte de vuestro patrimonio no puede ser otro que YO mismo. Así que ya estáis haciéndoos seguidores de este blog si no queréis arder en el Tártaro por toda la eternidad. Salud a todo mi rebaño.

Dios existe. Ahora lo sé

Ni las pruebas de Santo Tomás, ni lo viejos argumentos ontológicos, ni San Agustín de Hipona... He aquí la prueba definitiva de que Dios existe. Os dejo con Edward Current . Quelo disfrutéis.